Apremios ilegales y torturas

Relatos.

2513: SALINAS, Néstor, 1946; Mi relato sobre Raúl Góngora y su muerte.

Conocí a Raúl Góngora en 1965, en Bahía Blanca, más precisamente en una Asamblea de Distrito de los testigos de Jehová, realizada en el club Olimpo del 23 al 26 de diciembre.

Era un joven muy activo, extrovertido, conversador y gustaba de hacer bromas, era un Testigo de Jehová de tiempo completo en Chubut, su provincia, donde tengo entendido vivían también su madre y hermana.

Contábamos con la misma edad, 19 años, ambos nacidos en el año 1946, de modo que nos tocó hacer el servicio militar obligatorio en el mismo año: 1967.

Yo llegué a Bariloche en abril de ese año a la Compañía de Montaña 6, donde estuve dos meses sin destino, hasta que nos enviaron a cuatro del mismo grupo a la provincia de La Pampa, el tren nos dejó en Bahía Blanca, y teníamos que esperar hasta el día siguiente para tomar otro hasta Santa Rosa. Esa noche fui a casa de un matrimonio amigo, también testigos de Jehová.

Sabía que Raúl había sido incorporado antes que yo en Puerto Bel-grano, Punta Alta. De modo que pregunté por él a la familia, dudaron en contestarme, me pareció extraño, por eso pregunté si le había sucedido algo, no sabían como decirme que había muerto, me parecía mentira porque lo recordaba de la misma manera que sigo haciéndolo hoy, un joven alto, alegre, lleno de vida.

Finalmente me contaron que por no aceptar la ropa militar lo habían tratado muy mal, que lo mantenían desnudo en el calabozo, que había estado muy enfermo, con pulmonía, con pocos alimentos, pero que a pesar de eso había sido leal a Jehová, no transigió, lo por supuesto que molestaba terriblemente a los militares.

Finalmente murió, haciendo creer que se había ahorcado en su celda. ¿Ahorcado estando sin ropas? ¿Alguien con la convicción y la fuerza de Raúl?

Algunos meses después, estando ya en el calabozo del cuartel de Toay, La Pampa, leí en un diario una noticia en un recuadro pequeño: “Testigo de Jehová se ahorcó con un cinturón en un calabozo.”

Un año y medio después, ya cumpliendo la condena en el Penal Militar de Magdalena, conocí a unos presos, que habían sido soldados de la marina, justamente en Puerto Belgrano. Y habían compartido el mismo sector de calabozos que Raúl.

Ellos contaban que lo tenían sin ropa en una calabozo con candado, que ellos, sin que se dieran cuenta los guardias, le pasaban algún alimento por la ventanita de la puerta. Una mañana se despertaron y se enteraron que había muerto.

Por supuesto, sus obras, su fe y lealtad no han pasado desapercibidas a la vista de nuestro Creador.